Cinco maneras de pensar que están vaciando tu rancho
- Daniel Suárez

- 28 abr
- 25 Min. de lectura
(y cinco prácticas que las delatan)
En el andar en ranchos uno termina viendo lo mismo en lugares muy distintos. Lo he visto en el trópico de Chiapas, en los llanos colombianos, en la costa de Veracruz, en el chaco argentino, en la patagonia, en el altiplano de Coahuila, en Centroamérica, en la Amazonía ecuatoriana y hasta del otro lado del charco en la dehesa española y en el Alentejo portugués. Climas distintos, razas distintas, tradiciones distintas. Y los problemas, los mismos. Casi calcados.
Eso no es coincidencia. Y durante años algo no me terminaba de cuajar. ¿Cómo es que ranchos tan distintos, en condiciones tan distintas, terminan con los mismos hoyos en el bolsillo? Hasta que un día, viendo los números de tres clientes muy distintos en una misma semana, se me prendió el foco: el problema no estaba en el clima ni en el pasto ni en la raza. Estaba arriba. Estaba en la cabeza.
Hace poco tuve oportunidad de conocer a un gran personaje, en una conferencia y con su libro que terminó de articular lo que yo ya venía viendo en los ranchos: La lucidez en la toma de decisiones, de Horacio Marchand. No es un libro de ganadería. Es un libro sobre cómo decidimos los seres humanos. Pero leyéndolo, lo que pasa en los ranchos del mundo se me empezó a aclarar como nunca. Marchand define la lucidez como la capacidad de percibir con claridad la complejidad de una situación, integrar lo visible y lo invisible, y tomar decisiones conscientes y coherentes. Y dice una frase que no se me va de la cabeza: tu vida es la suma de tus decisiones. Aplicado a lo que yo veo todos los días, eso se traduce en algo durísimo: tu rancho es la suma de tus decisiones.
Y ese, justamente, es el problema.
La ganadería pastoril convencional, en cualquier rincón del mundo, está perdiendo entre el cuarenta y el sesenta por ciento de la rentabilidad que podría tener. Eso quiere decir, en dinero, que el ganadero promedio está ganando la mitad de lo que podría estar ganando. Y la está dejando ir mientras se levanta antes del sol, mientras camina cerros, mientras se rompe el espinazo trabajando como nadie.
No es por falta de esfuerzo. No es por falta de inteligencia. Es por algo más jodido: por una herencia que nadie cuestiona. Una manera de pensar el negocio que se pasa de padre a hijo, de vecino a vecino, de profesor a alumno, sin que nadie se detenga a preguntar si funciona. Y resulta ser, sin que nadie la haya nombrado así, la herencia más cara del ganadero. Marchand lo dice más fino: hemos inflado la idea de que somos racionales. No lo somos. La mayoría de nuestras decisiones no son razonadas, son condicionamientos operativos, esquemas recurrentes, dinámicas del pasado. Y eso, llevado al rancho, explica casi todo.
Lo que voy a contar aquí son cinco prácticas técnicas que están vaciando los ranchos pastoriles del mundo, y cinco paradigmas mentales (cinco maneras de pensar) que las generan. Las voy a presentar de menor a mayor importancia, para que cada una construya sobre la anterior y al final se entienda por qué la última es la que más pesa. Cierro con un mapa de cómo se conectan entre sí, porque ahí está la clave de todo. Y verás que las cinco, sin excepción, no son tuyas. Son de antes que tú.
Una advertencia antes de arrancar: esto no se va a leer como un texto de revista bonita. Va a doler en algunos lugares. Si le duele, ahí es donde hay que mirar.
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Primero, las cinco prácticas
Quinta. No medir lo que importa
Empiezo por la práctica que parece menos dramática de todas, pero que es la condición que permite que las otras cuatro existan sin que nadie las note. No medir es lo que hace invisible al resto.
La ganadería convencional se mide en kilos por vaca y en precio por kilo cuando se vende. Pero esos dos números no dicen nada de la rentabilidad real del rancho. Lo que importa son otros dos: kilos producidos por hectárea y costo de producción por kilo. Sin esos dos, cualquier decisión es a ciegas.
El INTA ha documentado en la Cuenca del Salado argentina diferencias de hasta cinco veces en kilos por hectárea entre vecinos, con el mismo clima y suelo. Uno produciendo cien kilos por hectárea al año, el otro quinientos. Esa diferencia no la explica el ambiente. La explica el manejo. Pero ninguno de los dos sabía dónde estaba parado, porque ninguno medía. El que producía cien creía que estaba bien.
Y la correlación más reveladora de todas viene de Estados Unidos. El equipo de Pendell y Herbel, analizando los datos del Kansas Farm Management Association sobre cientos de ranchos, encontró que el indicador que mejor predice la rentabilidad ganadera no es el peso al destete, ni el precio recibido, ni la productividad por vaca. Es el costo de producción por kilo. La correlación entre costo por kilo y margen es de menos cero coma setenta y cuatro. Es decir, el costo por kilo predice el margen casi de manera matemática. Y, sí, fue un paso gigante darme cuenta: ese es el indicador que casi nadie calcula en su rancho.
Y desde el otro lado del mundo, otro autor llega a la misma conclusión por otro camino. Johann Zietsman, ganadero y consultor de Zimbabue que pasó cuatro décadas entre Zimbabue, Sudáfrica, Estados Unidos y México, lo dice en su libro Hombre, Ganado y Pastizal con una frase que se queda clavada: “hemos errado al medir con precisión un criterio inapropiado, y un criterio apropiado, incorrectamente”. Eso es exactamente lo que pasa en el rancho promedio. Se mide el peso al destete con romana de precisión y se ignora por completo el costo por kilo. Y lo dice todavía más fuerte: “lo importante se hizo irrelevante, lo irrelevante se hizo importante”. Esa frase debería estar pintada en la entrada de cada rancho.
Marchand tiene un principio que me marcó cuando lo leí: “si fallas en el diagnóstico, fallas en todo”. Y eso es exactamente lo que pasa aquí. Sin medir, no hay diagnóstico. Sin diagnóstico, no hay corrección. Por eso este, aunque parezca el menos llamativo, es la condición silenciosa que permite que los otros cuatro vicios que vamos a ver vivan indefinidamente sin que nadie los detecte.
Cuarta. Las vacas que no producen y que igual seguimos manteniendo
Avanzamos a una práctica más concreta, más localizada, pero ya con drenaje individual medible.
Cuando uno se mete a revisar el hato individuo por individuo en una ganadería de cría, descubre algo que despluma: entre el veinte y el treinta por ciento de las vacas son improductivas. Vacías que no van a preñar. Mañeras que abortan o que no destetan ternero. Repelonas que paren pero abandonan. Machorras que nunca llegaron a producir. Vacas con aplomos vencidos que ya no caminan en un sistema pastoril. Ubres comprometidas. Pezuñas que no aguantan.
Cada una de esas vacas come alrededor de 5,500 kilos de materia seca al año. El mismo forraje que comería una vaca productiva. Pero no entrega ternero. Y como ese forraje es escaso justo cuando más se necesita, en plena seca, esas vacas se llevan exactamente la comida que las productivas necesitan para reconcebir.
Es el drenaje individual mejor documentado del negocio ganadero. Y, sin embargo, esas vacas siguen ahí, año tras año, en la mayoría de los hatos. Por dos motivos: primero, porque sin chequeo reproductivo nadie sabe cuáles son. Segundo, porque cuando se sabe, hay un apego que no deja descartarlas. “Esta vaca es hija de la que me regaló mi padre.” “Esta nunca falló, vamos a darle otra oportunidad.” “El año que viene a ver si se compone.” Y así pasa el año. Y otro. Y otro.
Descartar las improductivas a tiempo, antes de que entren a comer el forraje caro de la seca, es probablemente la decisión con mayor retorno inmediato de toda esta lista. Libera el equivalente al veinte o treinta por ciento de capacidad de carga del rancho sin invertir un peso. Sin construir un cerco. Sin comprar un kilo de semilla. Solo decisión. Y, aun así, no se hace.
Tercera. Parir cuando no hay pasto.
Aquí subimos un escalón. Esta es, en cría, la práctica más cara que existe. Burke Teichert, después de cuarenta años de experiencia gerenciando ranchos en Estados Unidos, lo identifica como la decisión de mayor impacto sobre los costos evitables del negocio ganadero. Y cuando la entiendes, te preguntas cómo es que tantos ranchos siguen haciendo lo contrario.
La vaca, en su ciclo anual, tiene un momento de máxima exigencia: las primeras semanas después del parto. Necesita energía y proteína para arrancar la lactancia y, al mismo tiempo, recuperar condición corporal para volver a preñarse. Es el período más demandante del año para ella. Si el forraje está pobre en ese momento, la vaca pierde condición, no reconcibe, y el ternero crece menos. Para que eso no pase, hay que suplementar.
Y suplementar a una vaca en plena lactancia durante la seca puede salir entre el treinta y el cincuenta por ciento de lo que cuesta mantenerla durante todo el año. Es el gasto evitable más grande del negocio ganadero de cría.
Ahora viene la parte que cambia todo. Si en lugar de parir en la peor época del año la vaca pariera coincidiendo con el pico forrajero, no haría falta comprar nada. La vaca tendría todo lo que necesita gratis, en su potrero. La diferencia entre las dos opciones es brutal, y no implica cambiar una sola vaca, ni invertir un peso, ni construir nada. Implica solamente correr la fecha de servicio para que la parición caiga donde el pasto está creciendo a tope.
¿Por qué casi nadie lo hace? No por razones técnicas. Por herencia. “Los toros han estado siempre con las vacas.” “Los terneros nacen cuando tienen que nacer.” “Mi papá lo hacía así.” Esa herencia, sin que nadie la haya cuestionado, está costando una fortuna cada año en cada rancho.
Cuando el rancho aprende a parir donde el pasto está, deja de pelear contra la naturaleza y empieza a moverse con ella. Ese principio, que yo llamo ecosincronía, es el que convierte un negocio dependiente de insumos en un negocio que funciona con lo que el ecosistema regala. La parición es el caso más visible, pero el mismo principio se aplica al servicio, al destete, al uso del forraje y al diseño completo del año productivo.
Segunda. La dependencia de insumos comprados
Y subimos otro escalón. Si las anteriores eran prácticas localizables, esta ya es estructural: define la composición entera del costo del negocio.
Cuando uno se sienta con un ganadero convencional y le revisa los números de verdad, descubre algo incómodo: entre el sesenta y el setenta por ciento de los gastos del rancho se le están yendo en cosas compradas. Urea, concentrados, sales minerales genéricas, herbicidas, antiparasitarios, antibióticos, semillas, garrapaticidas. La ganadería se ha convertido, sin que nadie lo dijera en voz alta, en un negocio de transformar dólares de insumo en kilos de carne o leche. Y casi siempre con margen negativo.
El problema es doble. Primero, ese sesenta o setenta por ciento del costo se le está yendo a los proveedores de insumos, no al ganadero. Segundo, el negocio se vuelve frágil de un modo brutal: cualquier subida de la urea, del maíz, del antiparasitario, cualquier caída del precio del kilo, lo deja sin aire. La ganadería convencional moderna no es resiliente. Es una empresa de paso fino que cualquier viento fuerte derriba.
Y hay algo todavía peor que casi nadie ve. Cada insumo comprado está sustituyendo un servicio gratuito que el ecosistema ya estaba prestando. La urea reemplaza a las leguminosas espontáneas que fijaban nitrógeno gratis. El herbicida reemplaza al manejo del pastoreo bien hecho. El antiparasitario reemplaza a la inmunidad natural que el animal adaptado y los escarabajos coprófagos mantenían en equilibrio. El concentrado reemplaza al forraje bueno que un buen manejo daría solo. Cada vez que se compra un insumo, se está pagando por algo que el sistema hacía gratis. Y peor: ese mismo insumo daña el servicio que estaba reemplazando, lo que obliga a comprar más al año siguiente.
Así, año tras año, el negocio se va metiendo en un agujero del que es muy difícil salir.
Primera. El pastoreo continuo
Y llegamos a la madre de todas. Si tuviera que corregir una sola cosa en la ganadería pastoril del mundo, sería esta. Voisin lo dijo hace setenta años, Savory lo lleva diciendo cuarenta, Gerrish lo repite cada vez que lo entrevistan, y los tres tienen razón.
El pastoreo continuo es dejar al ganado en un mismo potrero grande sin rotación, o rotar de manera tan tibia que da igual. La planta nunca alcanza a recuperarse antes de ser comida otra vez. La vaca, que es selectiva por naturaleza, vuelve sobre los mismos rebrotes una y otra vez. La planta se va quedando sin reservas en la raíz hasta que un día, simplemente, ya no rebrota.
Lo grave es que esto es invisible. El productor camina su potrero y lo ve verde. No ve que el verde es cada vez más cardo, más maleza, más pasto basto sin valor. No ve que las raíces son más cortas cada año. No ve que el suelo entre las matas se está descubriendo. Pasan diez, quince, veinte años, y la capacidad de carga ha caído entre un treinta y un cincuenta por ciento, sin que medie un solo evento dramático que lo señale. Es un goteo.
Y aquí está el detalle que la ganadería convencional sigue ignorando: Voisin demostró que el sobrepastoreo no depende de cuántos animales haya, sino de cuánto tiempo se quedan en el mismo lugar. Un rebaño chico estacionado cinco días en una parcela degrada igual o peor que uno grande bien manejado. Por eso “bajar carga” rara vez resuelve el problema. Pablo Borrelli en la Patagonia lo reconoció después de veinte años recomendando lo contrario: bajar carga sin cambiar el patrón profundiza la degradación, porque aumenta la selectividad. Pum. Así de claro.
El pastoreo continuo no solo es la práctica más dañina por sí misma, es además el motor silencioso del resto. Destruye el activo principal del rancho (el suelo y la pradera), obliga a comprar lo que el ecosistema ya no puede dar, hace que los animales pierdan condición y que las vacas no preñen, y mantiene a todo el sistema atrapado en un círculo de degradación que se profundiza cada año. Por eso lo dejo al final: porque corregirlo es, sin exagerar, la decisión técnica de mayor impacto que un ganadero pueda tomar en su vida.
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Ahora sí: las cinco maneras de pensar que están detrás de todo
Hasta aquí todo es ajustable. Cambiar una práctica técnica es relativamente fácil: se aprende, se prueba, se corrige. Pero ahora viene la parte difícil. Porque las prácticas no aparecen de la nada. Aparecen porque hay una manera de pensar el negocio y la propia identidad ganadera que las sostiene. Y eso no se cambia con un curso. Eso se desmonta. Y desmontarlo duele.
Aquí es donde el libro de Marchand me cayó como anillo al dedo. Él plantea que casi todas nuestras decisiones, aunque creamos que son razonadas, vienen de tres lados: una propensión biológica, el cavernícola que llevamos dentro; una propensión sociológica, el condicionamiento de la tribu, lo que el grupo espera; y una propensión psicológica, el ego y la sombra que cada uno carga. Y cuando esas tres se juntan, lo que sale no es una decisión razonada. Es una decisión disfrazada de razón. Eso, llevado al rancho, explica casi todo lo que sigue.
Voy a presentar los cinco paradigmas también en orden ascendente, del menos profundo al más profundo. Cuanto más abajo está enraizado un paradigma, más cuesta cambiarlo. Y el último de la lista es el que más cuesta de todos.
Quinta. “Lo de afuera siempre es mejor”
Empiezo por uno que no es el más resistente, pero que ha hecho un daño enorme a la ganadería tropical y subtropical en los últimos setenta años. Es un paradigma cultural profundo, pero más circunscrito que los siguientes: afecta principalmente la decisión genética.
La idea es simple: lo importado es mejor. La raza importada, la genética importada, la tecnología importada, el modelo importado. Lo propio es atrasado. Lo criollo es de pobre. Lo nativo es de los que no han progresado.
Bajo esta lógica, durante el siglo veinte se eliminaron sistemáticamente, en buena parte de América Latina, los biotipos criollos adaptados durante siglos a cada ecosistema: el Romosinuano, el Sanmartinero, el BON, el Hartón del Valle, el Criollo Patagónico, el Pampa Chaqueño. Razas que la selección natural había ajustado durante quinientos años a la garrapata, al calor, a la baja disponibilidad de forraje, a la resistencia parasitaria. Se eliminaron por vergüenza, no por evaluación técnica.
Y se reemplazaron por razas continentales, como Holstein, Angus, Hereford, Charolais, Pardo, que en su ambiente original son maravillosas, pero que en el trópico se enferman, no preñan, viven la mitad de tiempo y exigen suplementación constante para sobrevivir. La FAO y Asocriollo documentan que la erosión genética de la ganadería latinoamericana entre 1950 y 2000 fue una de las pérdidas de patrimonio biológico más grandes que ha sufrido la región. Se perdió en cuatro décadas lo que la selección natural construyó en siglos.
Y no es solo aquí. Johann Zietsman documenta en su libro lo que pasó en África con el mismo razonamiento. En el Centro de Investigación Omatjenne, en Namibia, durante catorce años de pruebas controladas, la raza indígena Sanga, Nguni, superó a la cientificamente mejorada Bonsmara y a la exótica Simmental en producción por hectárea. En el año seco de 1999 las tasas de partos fueron Sanga setenta y nueve por ciento, Bonsmara sesenta y tres, Simmental cincuenta. En el Centro Matopos, en Zimbabue, la raza indígena Mashona superó a Sussex, Charolais, Tuli y Brahman, con casi el doble de productividad por unidad animal frente a la Afrikaner. Mismas pruebas, mismo resultado, distinto continente: la selección natural durante siglos ya había hecho su trabajo. La ciencia académica simplemente había llegado a corregirla, y casi siempre para peor.
Y lo que está debajo es la herencia del Pedigree Cattle Society británico del siglo diecinueve, que estableció que “puro” es mejor que “adaptado”. Una idea que, mirada con frialdad, no se sostiene. La pureza racial es una categoría administrativa, no una ventaja biológica. La adaptación, en cambio, es lo que permite que un animal produzca con poca exigencia de insumos. Por eso yo siempre digo lo mismo: la rentabilidad no la define el techo genético del animal, la define el piso. Una vaca con piso bajo, es decir, que necesita pocas condiciones para funcionar bien, produce mucho con poco. Una vaca con techo alto, sin sistema que la sostenga, produce poco con mucho. Como dijo Bunbury en su famosa canción, La chispa adecuada, “poco es tanto cuando poco necesitas”.
Este paradigma, la vergüenza colonial, es la raíz genética de la dependencia de insumos. Las razas no adaptadas exigen sombra que el rancho no tiene, suplementación que hay que comprar, antiparasitarios, sanidad costosa, asistencia frecuente al parto. Cada una de esas exigencias se vuelve una factura mensual. La raíz del problema fue una decisión genética que se tomó hace cuarenta años por vergüenza. Y pasa exactamente lo mismo con los pastos y forrajes.
Cuarta. “Lo importante es lo de hoy, mañana ya veremos”
Subimos un peldaño. El cortoplacismo es más amplio que la vergüenza colonial: ya no afecta solo una decisión específica, sino toda la lógica con la que se invierte el dinero en el rancho año tras año. Es el paradigma que define hacia dónde va el patrimonio del negocio en el largo plazo.
El cortoplacismo es ver hasta el próximo trimestre, hasta la próxima venta, hasta el cierre del ejercicio fiscal, y nada más. Las decisiones se toman sobre el flujo de caja inmediato, sin tener en cuenta el capital biológico que se está descapitalizando en el proceso. Se “ordeña” el suelo aunque se destruya en diez años, porque la urgencia es pagar la cuenta del mes.
Las inversiones que más rinden en ganadería son inversiones a largo plazo: agua, sombra, suelo vivo, genética adaptada, cercos, capacitación del personal. Todas tienen retornos a cinco, diez, quince años. Y todas, sistemáticamente, se rechazan a favor del rendimiento inmediato de un fertilizante, un concentrado, una hormona.
Si uno saca lápiz y papel y hace las cuentas con calma, descubre algo que no tiene mucho sentido: el productor convencional valora un peso hoy más que diez pesos en cinco años. Eso es matemáticamente irracional, pero es la realidad. Y es la razón por la cual, después de treinta años de trabajo, muchos ranchos llegan a la sucesión con el suelo agotado, la genética degradada, las aguadas en mal estado, y, sobre todo, sin capital de reposición. La empresa parecía rentable año a año, pero estaba consumiendo su propio patrimonio sin que nadie lo viera.
El cortoplacismo, además, se mezcla en una combinación venenosa con la fe en el paquete tecnológico que veremos más adelante. La solución comprada da resultado inmediato. La solución ecológica da resultados no tan inmediatos. Si el horizonte de decisión es de tres meses, la primera siempre gana. Y el suelo, mientras tanto, se va descapitalizando en silencio.
Tercera. “Así es el campo. La sequía es la culpable.”
Y subimos otro peldaño. Este es el paradigma más sigiloso de todos los que he visto, porque no se presenta como creencia. Se presenta como sentido común. Y por eso es tan difícil de detectar, incluso para uno mismo.
El fatalismo rural anula la gestión del ganadero. Si todo depende del clima, del precio internacional, del gobierno, de la suerte, entonces no hay nada que se pueda decidir que cambie la realidad. Su trabajo se reduce a aguantar, esperar, sobrevivir. Las pérdidas no son culpa de nadie: son el destino, el campo, la naturaleza.
Y aquí Marchand me dio una herramienta clarísima para nombrarlo. Si tu vida es la suma de tus decisiones, entonces tu rancho también lo es. Cada potrero degradado, cada vaca improductiva que sigue en el hato, cada saco de urea que se compró el año pasado, fue una decisión. No del cielo, no del gobierno, no del precio internacional. Una decisión del ganadero. Borrelli, Brown y Savory, cada uno a su manera, plantean lo mismo: mientras la causa del fracaso siga siendo el clima, no hay aprendizaje posible. Y sin aprendizaje, el mismo error se repite cada sequía, cada caída de precios, cada año malo. La empresa se vuelve víctima crónica de circunstancias que un vecino al lado, con el mismo clima y el mismo suelo, está aprovechando para crecer. Y nadie entiende cómo.
Lo más difícil de este paradigma es que es cómodo. Si la culpa siempre es del cielo, la pregunta dolorosa nunca aparece: ¿qué pude haber hecho yo distinto? El ganadero fatalista nunca tiene que enfrentar esa pregunta. Y por eso nunca aprende.
Este paradigma genera, casi automáticamente, la incapacidad de medir, de planificar, de comparar con pares, de monitorear. ¿Para qué? Si total, todo depende del cielo. Y al no medir, el fatalismo se confirma a sí mismo: efectivamente, todo se vive como si dependiera del clima, porque nunca se midió ninguna otra variable.
Segunda. “La solución viene en una bolsa, en una jeringa o en un tractor”
Llegamos a uno de los más penetrantes. Este paradigma es la versión moderna del productivismo, y probablemente sea el que más dinero le ha hecho perder a la ganadería pastoril en los últimos cincuenta años. A diferencia del fatalismo, que paraliza, este paradigma activa, pero activa en la dirección equivocada.
La idea es sencilla: ante cualquier problema, hay un producto comprado que lo resuelve. ¿El pasto no crece? Urea. ¿Hay malezas? Herbicida. ¿La vaca no preña? Hormonas. ¿El ternero no engorda? Concentrado. ¿Hay garrapatas? Ivermectina. Cada problema, un producto. Cada año, más productos.
Vandana Shiva llama a esto “la monocultura de la mente”: una manera militarista y mecanicista de pararse frente a la naturaleza, donde todo problema biológico se resuelve con una intervención química o mecánica. Pinheiro Machado lo dijo de otra forma, igual de contundente: “la agronomía al servicio del comercio”. El asesor técnico cobra por volumen de insumo recetado, no por resultado del productor. El incentivo está torcido desde el inicio.
Zietsman lo resume con una frase que se debería tatuar todo asesor honesto: el tratamiento de los síntomas es adictivo y costoso, porque los síntomas son recurrentes. Cada vez que se interviene químicamente, el ecosistema responde con otro síntoma, y el síntoma exige otra intervención. La urea da el primer empujón pero acidifica el suelo, lo que mata la fauna que daba nitrógeno gratis, lo que obliga a echar más urea. La ivermectina mata la garrapata pero también mata al escarabajo coprófago que enterraba la bosta y rompía el ciclo del parásito, lo que obliga a desparasitar más seguido. Cada intervención crea su propia dependencia. Y al final el ganadero está atrapado en un ciclo donde cada año necesita más, gasta más y depende más. Eso, en el fondo, es lo que mantiene viva a toda una industria de proveedores.
Y aquí va algo que no se dice mucho, pero que creo que hay que decir: este paradigma no es ingenuidad del ganadero. Es el resultado de cincuenta años de marketing agrícola, de extensionismo torcido, de universidades financiadas por la industria de insumos, de revistas técnicas que son catálogos disfrazados, y de una cultura entera que confundió “moderno” con “comprado”. El productor lo creyó porque se lo dijeron sus profesores, sus técnicos, sus vecinos, los que parecían estar a la vanguardia. Pero la vanguardia, en este caso, era la dependencia.
Esto conecta directo con algo que me quedó sonando hace tiempo, y es la idea de descolonizar la mente, de Reginaldo Haslett-Marroquin. No se trata solo de no comprar tantos insumos. Se trata de recuperar el criterio propio. De volver a confiar en lo que uno ve, en lo que uno entiende, en lo que el ecosistema mismo puede hacer si lo dejamos. De ver lo que realmente está pasando en el rancho, no lo que la receta dice que debería estar pasando.
Priemra. “Mientras más cabezas, más ganadero”
Y llegamos al paradigma más resistente de todos. El que mueve más decisiones diarias, el que más cuesta cuestionar, el que más toca identidad. Si los anteriores son creencias sobre cómo manejar el negocio, este es algo más profundo: es una creencia sobre quién es uno.
El número de animales no es una variable de negocio. Es un símbolo de identidad. Es lo que el productor responde cuando se le pregunta cuán importante es. Es lo que define su lugar en el pueblo, en el club, entre sus pares. Es la propensión sociológica de Marchand operando en su forma más pura: el peso de la tribu por encima del análisis.
Por eso reducir carga, aun cuando técnicamente sea la decisión correcta, se vive como una humillación. Borrelli lo dijo claro: en la Patagonia ovina el problema más resistente al cambio no era técnico, era de identidad. Bajar el número se vivía como retroceder, como hacerse menos. Y nadie quiere eso. Lo mismo aplica al primo de este paradigma: “producir más es ganar más”. Una confusión brutal, pero que tiene a la mayoría de la ganadería atrapada. Se asume que cada kilo extra suma al bolsillo, sin tener en cuenta que cada kilo adicional tiene un costo creciente, y que llega un punto en el que producir más significa ganar menos.
De estos dos, juntos, salen casi todas las decisiones equivocadas que veo en los ranchos. Sale la carga excesiva. Sale la suplementación cara para sostener animales que no rinden. Sale la negativa a descartar vacas viejas. Sale la obsesión con el peso al destete a costa del margen por hectárea.
Y aquí está la dificultad más grande. Mientras este paradigma siga vivo, ningún cambio técnico va a tener tracción. El ganadero puede aprender pastoreo planificado, puede aprender a medir kg/ha, puede entender la sincronización parto-forraje. Pero si en su cabeza sigue siendo cierto que “más cabezas” es lo que lo hace ganadero, va a sabotear, sin darse cuenta, todas las correcciones que aprenda. Por eso este paradigma es el último de la lista: porque hasta que no se desmonta, los otros cuatro tampoco se mueven del todo.
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Cómo se conecta todo
Aquí es donde la cosa se pone interesante, porque las prácticas y los paradigmas no operan por separado. Operan como sistema. Y el sistema se sostiene a sí mismo. Por eso es tan difícil salir.
Voy a trazar las conexiones siguiendo el mismo orden ascendente con el que presenté los paradigmas, para que se entienda cómo cada uno empuja a una o varias prácticas.
La vergüenza colonial empuja directo a la dependencia de insumos: razas no adaptadas exigen suplementación, sanidad y manejo costoso para sobrevivir. Y empuja, secundariamente, a tener problemas de parición, porque las razas mal adaptadas no preñan en los ciclos forrajeros del lugar.
El cortoplacismo empuja directo a no descartar las vacas improductivas a tiempo: descartarlas es perder caja inmediata, aunque el costo de mantenerlas sea muchísimo mayor a mediano plazo. Y empuja, secundariamente, a comprar insumos en vez de invertir en infraestructura: la urea da resultado en sesenta días, la subdivisión de potreros en algunos meses.
El fatalismo rural empuja directo a no medir: si todo depende del cielo, ¿para qué medir? Y empuja, secundariamente, a no revisar el pastoreo: si el problema es la sequía, no es el manejo.
La fe en el paquete tecnológico empuja directo a la dependencia de insumos: si la respuesta a cada problema es comprar algo, los costos comprados se vuelven el sesenta o setenta por ciento del gasto operativo. Y empuja, secundariamente, a sostener la parición desincronizada: para qué cambiar fechas si total, se puede suplementar.
El fetichismo del stock empuja directo al pastoreo continuo: si lo importante es tener muchas cabezas, no se va a reducir carga aunque la pradera se esté degradando. Y empuja también, indirectamente, a la permanencia de vacas improductivas: bajar el número se siente como retroceso, así que las vacías se quedan.
Cuando uno traza este mapa completo, lo que aparece es claro: cada paradigma genera al menos uno o dos vicios técnicos como efecto directo, y refuerza los demás indirectamente. Y los cinco vicios juntos consumen entre el cuarenta y el sesenta por ciento de la rentabilidad potencial del negocio.
Pero hay algo más, y es lo que hace a este sistema tan resistente al cambio: cada vicio refuerza los paradigmas que lo generaron. Si compro insumos cada año, mi cabeza se acostumbra a que la solución venga de afuera. Si nunca mido, mi cabeza se acostumbra a que el cielo decide. Si nunca descarto vacías, mi cabeza se acostumbra a que el rancho es una herencia, no un negocio. Práctica y paradigma se alimentan mutuamente, y el ciclo se cierra.
Por eso es tan jodido salir. No basta con cambiar una práctica. No basta con leer un libro. Hay que desmontar el paradigma. Y eso implica enfrentarse a la propia identidad heredada, a lo que el padre nos enseñó, a lo que los vecinos esperan de uno, a lo que nos hace sentir que somos buenos ganaderos.
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Lo que esto significa en dinero
Vamos a ponerle números, aunque sean estimativos, para que se entienda la dimensión real.
Imagínate un rancho de cría de quinientas hectáreas, con doscientas vacas, en cualquier punto del trópico americano. Producción típica: setenta kilos destetados por hectárea al año. Esa es la realidad de la ganadería convencional bien manejada en muchas regiones.
Si se empieza por medir kilos por hectárea y costo por kilo, se descubren las pérdidas reales y se pueden corregir una a una. Sin esa información, ningún cambio posterior se puede dimensionar.
Si se descarta el veinte por ciento de vacas improductivas, las productivas tienen acceso al forraje que antes consumían las vacías, y la tasa de preñez del hato restante sube. Eso suma quince o veinte por ciento más de kilos producidos sin invertir un peso.
Si se sincroniza la parición con el pico forrajero, desaparece o se reduce drásticamente la suplementación, y los costos operativos bajan entre veinte y cuarenta por ciento. No aumenta la producción, pero sube el margen.
Si se reduce la dependencia de insumos, pasando a leguminosas espontáneas, control parasitario selectivo, sales minerales con análisis previo, la estructura de costos se da vuelta. De un sesenta y cinco por ciento del gasto en insumos comprados, se puede bajar a un treinta o cuarenta por ciento en pocos años.
Y si se corrige el pastoreo continuo y se pasa a un manejo planificado con descansos adecuados, la capacidad de carga sube entre treinta y sesenta por ciento en tres a cinco años. Eso solo lleva el rancho de setenta a cien o ciento veinte kilos por hectárea.
Sumadas, estas correcciones sacan a un rancho del rojo o del filo del rojo, y lo llevan a un margen del veinte o treinta por ciento sobre ingresos en cuatro o cinco años. No es un cambio cosmético: es una transformación profunda del negocio. Y lo más importante: no requiere comprar tierra, no requiere endeudarse, no requiere insumos costosos.
Requiere cambiar la cabeza.
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Para cerrar
Cuando uno lleva años recorriendo ranchos, se acostumbra a ver la misma escena repetida: ganaderos honestos, trabajadores, que se levantan antes del sol, que aman lo que hacen, y que aun así están perdiendo dinero o ganando una fracción de lo que podrían. No es por falta de esfuerzo. No es por falta de inteligencia. Es por un sistema cultural y mental que les hace tomar las decisiones equivocadas con la mejor de las intenciones.
Por eso, cuando leí a Marchand, sentí que alguien estaba poniendo en palabras algo que yo venía rumiando desde hace años. Él lo dice limpio: la lucidez se cultiva, es tarea constante, y empieza por reconocer que no somos tan racionales como creemos. Llevado al rancho, eso significa aceptar que la mayoría de las decisiones que tomamos no las pensamos: las heredamos. Y mientras no nos demos cuenta de eso, el rancho sigue siendo prisionero de decisiones que nunca pasaron por una pregunta honesta.
Y Marchand no es el único que ha llegado ahí. Zietsman lo dice desde Zimbabue. Tom Lasater, Burke Teichert y Gabe Brown lo dicen desde Estados Unidos. Voisin desde Francia, Pinheiro Machado desde Brasil. Borrelli y Pordomingo desde Argentina. Cada uno con sus palabras, en su idioma, en su clima, frente a sus razas. Pero todos, sin haberse puesto de acuerdo, llegaron al mismo lugar: que el problema central de la ganadería no está en los animales, ni en la pastura, ni en el clima. Está en cómo el ganadero piensa lo que hace. Cuando autores tan distintos, en continentes tan distintos, con experiencias tan distintas, terminan diciendo lo mismo, no es coincidencia. Es que están viendo el mismo elefante.
La buena noticia es que ese sistema se puede desmontar. No es fácil, no es rápido, pero se puede. Lo he visto en muchos ranchos donde, una vez se cuestiona el primer paradigma (cualquiera de los cinco), empieza a desmoronarse el resto. Y cuando los paradigmas se desmoronan, las prácticas cambian solas. La cabeza decide; las manos siguen.
Por eso, cuando me preguntan por dónde empezar a cambiar un rancho, mi respuesta ya no es técnica. No empiezo hablando de cercos, de leguminosas, de descartes. Empiezo preguntando: ¿qué crees, en el fondo, que es ser un buen ganadero? ¿Qué decisiones de las que tomas hoy no son tuyas, sino heredadas? Esas preguntas, hechas con honestidad, abren todo lo demás.
Porque al final, la ganadería pastoril no es un problema técnico. Es una manera de pensar. Es la suma de decisiones que se toman cada día, muchas de ellas en automático, muchas de ellas heredadas. Y mientras esas decisiones no se revisen con criterio propio, el goteo va a seguir, año tras año, hasta que un día, sin que nadie lo haya visto venir, el rancho ya no aguanta.
Pero si la cabeza cambia, todo cambia. Si el ganadero empieza a decidir desde la realidad de su ecosistema y no desde la costumbre, la tribu o el ego, el rancho responde. Y eso lo he visto demasiadas veces como para dudarlo.
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Daniel Suárez Castillo es agrónomo, ganadero y consultor en Ganadería Regenerativa, fundador de GanaderiaRegenerativa.com y creador del programa REGENERA360.
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Referencias
Las ideas y datos citados en este artículo provienen de las siguientes obras y autores. Cuando no aparece un libro específico, la fuente es el cuerpo de trabajo público del autor en conferencias, artículos, organizaciones y casos de campo documentados.
Marchand, Horacio. La lucidez en la toma de decisiones. Penguin Random House / Conecta, 2023. (Definición de lucidez, las tres propensiones, el mito del humano racional, principio de diagnóstico.)
Zietsman, Johann. Hombre, Ganado y Pastizal (Man, Cattle and Veld). BEEFpower LLC, 2014. (Fertilidad práctica vs. académica, consumo relativo, carga animal como variable dependiente del manejo, máxima ganancia sustentable por hectárea como meta única, datos de las pruebas de Omatjenne y Matopos, el tratamiento de los síntomas como adicción.)
Voisin, André. Productividad de la Hierba (Grass Productivity, 1959). Editorial Tecnos, Madrid. (Las cuatro leyes universales del pastoreo racional, la dependencia del sobrepastoreo respecto al tiempo de permanencia.)
Savory, Allan & Butterfield, Jody. Holistic Management: A Commonsense Revolution to Restore Our Environment. Island Press, 3.ª edición, 2016. (Manejo holístico, alta densidad, regeneración de pastizales.)
Gerrish, Jim. Management-Intensive Grazing: The Grassroots of Grass Farming, Green Park Press, 2004; y Kick the Hay Habit: A Practical Guide to Year-Around Grazing, Green Park Press, 2010. (Pastoreo planificado y la dependencia estructural del heno.)
Borrelli, Pablo. Trabajos de Ovis 21 y publicaciones del INTA, especialmente Borrelli, P. y Oliva, G., Ganadería sustentable en la Patagonia austral, INTA, 2001. (La barrera cultural del número de cabezas; el patrón de pastoreo como variable más decisiva que la carga.)
INTA, Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Argentina). Estudios de productividad ganadera en la Cuenca del Salado, particularmente trabajos de Aníbal Pordomingo (INTA Anguil) y la Estación Experimental Cuenca del Salado. (Diferencias documentadas de hasta cinco veces en kg/ha entre vecinos del mismo ambiente.)
Teichert, Burke. Serie de artículos publicados en BEEF Magazine bajo la columna Burke Teichert on Ranching, recopilados parcialmente en The Burke Teichert Collection. (La sincronización del parto con el pico forrajero como práctica de mayor impacto sobre costos evitables en cría.)
Pendell, Dustin & Herbel, Robert. Cow-Calf Enterprise Profitability Analysis, basado en datos del Kansas Farm Management Association (KFMA), Kansas State University Department of Agricultural Economics. (La correlación de −0,74 entre costo total por kilo y margen neto.)
Brown, Gabe. Dirt to Soil: One Family's Journey into Regenerative Agriculture. Chelsea Green Publishing, 2018. (La naturaleza no deja el suelo desnudo; la importancia de conocer el costo real de producción.)
Lasater, Tom. Citas y filosofía recogidas por Laurence M. Lasater en The Lasater Philosophy of Cattle Raising, Texas Western Press, 1972. (La cría simple, la selección por funcionalidad, el origen del Beefmaster como raza compuesta de carácter práctico.)
Shiva, Vandana. Monocultures of the Mind: Perspectives on Biodiversity and Biotechnology. Zed Books, 1993. (Concepto de monocultura de la mente, las tres M: militarismo, mecanicismo y monocultura.)
Pinheiro Machado, Luiz Carlos. Pastoreo Racional Voisin: Tecnología agroecológica para el tercer milenio. Editorial Hemisferio Sur, varias ediciones desde 2004. (La agronomía al servicio del comercio; el ganadero como integrador sistémico.)
Haslett-Marroquin, Reginaldo. In the Shadow of Green Man: My Journey from Poverty and Hunger to Food Security and Hope. Acres U.S.A., 2019. (El concepto de descolonizar la mente aplicado a la producción agrícola y ganadera.)
FAO, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. El estado de los recursos zoogenéticos para la alimentación y la agricultura en el mundo. Roma, 2007 y segunda edición 2015. (Documentación de la erosión genética de las razas criollas en América Latina.)
Asocriollo, Asociación Colombiana de Criadores de Ganado Criollo y Colombiano. Publicaciones técnicas y trabajos conjuntos con AGROSAVIA (antes CORPOICA), incluyendo trabajos de Martínez, R. y Pérez, J.E. sobre evaluación y conservación de razas criollas colombianas (Romosinuano, BON, Hartón, Sanmartinero, Costeño con Cuernos).
Pedigree Cattle Society / Coates's Herd Book (1822). Primer libro genealógico bovino del mundo (raza Shorthorn), origen institucional del concepto de pureza racial moderna. Para contexto histórico: Walton, J.R., "The diffusion of the improved Shorthorn breed of cattle in Britain during the eighteenth and nineteenth centuries", Transactions of the Institute of British Geographers, 1986.
Bunbury, Enrique. Canción La chispa adecuada, álbum El viaje a ninguna parte de Héroes del Silencio (EMI, 1995). ("Poco es tanto cuando poco necesitas".)




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